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DEAD MAN WALKING
El perdón como única salida

 
«If I should die before I 'wake,
I pray the Lord my Soul to take».
Oración clásica infantil del S.XVIII para antes de ir a dormir

(Escrito en diciembre de 2021)


No recuerdo la primera vez que vi Dead Man Walking (Tim Robbins, 1995). Tampoco recuerdo el motivo por el que decidí volver a ver la película hace un par de veranos. Lo que sí recuerdo es que en ese momento estaba intentando perdonar una situación que había vivido con una persona y me estaba costando mucho. Quizá por eso, lo que más me llamó la atención esta segunda vez fue lo bien que representa el perdón. Pero no el perdón con condiciones que comúnmente se practica. Hablo del perdón tal y como se explica en Un curso de milagros (Foundation for Inner Peace, 1976).

Protagonizada por Susan Sarandon y Sean Penn, la película está basada en el libro homónimo de Sister Helen Prejean, monja católico romana perteneciente a la congregación Sisters of Saint Joseph of Medaille de Nueva Orleans, conocida principalmente por su activismo en contra de la pena de muerte en los Estados Unidos. Publicado originalmente en 1993 por la editorial Random House, a través de sus páginas, Sister Helen nos cuenta su experiencia como consejera espiritual de Elmo Patrick SonnierRobert Lee Willie, ambos condenados a morir en la silla eléctrica por violación y asesinato; desde la relación con los convictos y sus familias a las tensiones con los padres de las víctimas.

Tanto Elmo Patrick Sonnier como Robert Lee Willie sirvieron de inspiración para crear el personaje de Matthew Poncelet, interpretado en la película por Sean Penn. De algún modo, ellos representan dos versiones del perdón. La primera, la de Sonnier, es la fácil, ya que él sí mostraba arrepentimiento y se hizo responsable de sus actos antes de morir; era menos monstruo. Pero Robert negaba su culpabilidad, tanto en público como en privado, y nunca abandonó su actitud chulesca. Admiraba a Adolf Hitler y a Fidel Castro y se unió a un grupo supremacista blanco, la Aryan Brotherhood, cuando estuvo en la cárcel federal de Marion, Louisiana. Era el ejemplo perfecto de eso que los norteamericanos llaman white trash, ¿cómo perdonar a alguien así?

¿Qué es la muerte?

El libro toma prestado su título de la designación que recibían los presos en el Death Row. El origen de esta expresión es desconocido, aunque como bien se explica en el artículo correspondiente de Wikipedia: «En cualquier caso, su simbolismo está claro: el prisionero condenado, ante los ojos de la ley, ya estaba muerto». ¿Qué diferencia hay entre lo que llamamos vida y lo que llamamos muerte? ¿Para qué le damos tanta importancia a un hecho que sabemos inevitable? Al fin y al cabo, no sabemos a ciencia cierta qué nos sucede una vez muertos, lo que sí conocemos es el sufrimiento que conlleva vivir juzgando y condenando.


Segundos antes de morir, delante de los padres de Faith Hathaway (su víctima), Robert Lee Willie se pronunció en contra de la pena capital: «Matar está mal. Es por eso por lo que me matáis. No hay diferencia si el que mata es un país, un gobierno o un ciudadano. Matar está mal». Algo en nuestro fuero interno nos dice que quitar la vida a un ser vivo no está bien, pero no sabemos muy bien por qué. Como no sabemos muy bien el porqué, siempre hay algún tipo de muerte provocada que justificamos según nuestros intereses o nuestra ideología: guerras, ejecuciones, abortos, eutanasia, terrorismo, etc. ¿Existen realmente el bien y el mal? ¿Cómo puede ser real algo tan cambiante e inexacto?

Todas esas muertes provocadas nos generan un sufrimiento incalculable, como el dolor que sentimos ante la perdida de un ser querido. Pero es posible que ese dolor duela menos si nos replanteamos el significado que le hemos dado a la muerte. Experimentamos la vida a través de conceptos, y estos conceptos nos acaban limitando. Aunque tenemos el poder de elegir cambiar nuestra percepción, por lo general elegimos no aplicar lo que conocemos en otros campos del saber, como el de la ciencia o el de la espiritualidad, a nuestros conflictos vitales. No nos damos cuenta de que todos los problemas en el fondo son lo mismo; no hay separación. ¿Para qué seguir aferrados a una realidad tan inestable y carente de sentido?

El perdón de las ilusiones

«Al perdón podría considerársele una clase de ficción feliz: una manera en la que los que no saben pueden salvar la brecha entre su percepción y la verdad» (Manual para el maestro, p. 90). Eso es, básicamente, el perdón que el Curso enseña, el de pasar por alto los errores, tanto los propios como los ajenos. Todos, de una manera u otra, nos pasamos la vida intentando escapar de nuestra realidad personal y social, mientras que la verdadera realidad escapa a nuestro entendimiento. El error, por lo tanto, está en nuestra percepción. El pecado no existe.

La violencia, del tipo que sea, siempre tiene su origen en eso que David Bohm llamó fragmentación, el tipo de pensamiento que nos impide ver la realidad como un todo. Una persona que sabe que forma parte del Dios de Spinoza no necesita atacar o defenderse. Robert Lee Willie, con su esvástica tatuada en el brazo y sus comentarios racistas, también formaba parte de ese Dios. Eso Sister Helen lo sabía, por eso le ayudó a morir en paz.


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